Jornada Mundial de la Juventud 2013: el día después

Publicado por el 31 julio, 2013

Santiago Pérez (desde Rio de Janeiro) *

El evento fue sin dudas una extraordinaria publicidad para Rio de Janeiro. Durante toda la semana los medios del mundo se vieron inundados por hermosas imágenes de la infinita belleza de la “Cidade maravilhosa”. El centro neurálgico de la Jornada fue la mítica playa de Copacabana, nombre que fue repetido sistemáticamente en diarios, radios, canales de TV y se atrevió, inclusive, a ser “Trending Topic” mundial en Twitter. Los más de 3,5  millones de fieles que se dieron cita representan, en efecto, una cifra impactante pero al mismo tiempo esperable. Todas las Jornadas de la Juventud suelen convocar multitudes semejantes, sin mencionar la edición de 1995 en la ciudad de Manila, Filipinas en donde se dieron cita 5 millones de jóvenes.

Los cariocas vivieron por cinco días la jornada en primera persona. La ciudad se vio revolucionada, y, porque no decirlo, saturada. El transporte público no logró canalizar el pico de demanda. Colectivos y Subterráneos funcionaron más allá de su capacidad y restaurantes y locales gastronómicos fueron testigos de filas que podían superar (muy fácilmente) los 100 metros de longitud. Puntualmente en las inmediaciones del escenario central la jornada se sintió en forma más intensa. El barrio entero fue cerrado al tránsito vehicular y las calles y veredas fueron ocupadas en su totalidad por jóvenes portando banderas y entonando cánticos, no era posible desplazarse a pie si tener que “esquivar” grupos de entusiastas peregrinos. Helicópteros sobrevolaron sin pausa y a baja altura la zona desde las primeras horas del día hasta entrada la madrugada. Policías, militares y vehículos del ejército se veían en cada esquina. Monjas compartieron la playa con mujeres en bikini. Múltiples escenarios con recitales en vivo, tiendas de venta de suvenires y voluntarios portando grandes carteles con la leyenda “¿Puedo ayudar?”. Toda esta heterogeneidad de elementos conviviendo en un especio limitado y en el que no entraba un alfiler dieron forma a un paisaje urbano por demás particular.

La llegada de Francisco en el tradicional Papa Móvil generó, en cada uno de los días, una reacción capaz de conmover hasta quienes no profesan la religión católica. La ovación de la multitud al paso del Sumo Pontífice podía escucharse a varias cuadras de distancia y era solo comparable en intensidad a la explosión de un estadio de fútbol completo al momento en que el equipo local marca un gol decisivo.

Quizás el costado menos destacado del evento fueron los errores en la organización. La misa de cierre estaba prevista para ser realizada en la localidad de Guaratiba, lugar que recibió inversiones municipales por 3 millones de dólares. Las “relucientes” instalaciones no pudieron ser utilizadas ya que las intensas lluvias de los días previos inviabilizaron el acceso al lugar. El cambio de último momento trasladó el cierre de la Jornada (una vez más) a Copacabana. Los peregrinos comenzaron a llegar el sábado 27 por la mañana y permanecieron allí hasta el fin de la intervención del Papa hacia las primeras horas de la tarde del día domingo 28. Sin dudas el lugar no estaba listo para albergar a 3,5 millones de personas. Los baños químicos fueron absolutamente insuficientes y acabaron por generar filas de hasta 3 horas para quienes deseaban utilizarlos. Miles (o porque no, millones) de jóvenes durmieron en la arena de la playa pero también en veredas y hasta sobre el asfalto de la emblemática Avenida Atlántica. Una vez cerrada la Jornada y anunciada la ciudad polaca de Cracovia como nueva sede, la desconcentración demoró horas por la limitada capacidad del transporte.

Las manifestaciones y protestas que en algún momento amenazaron el éxito del evento terminaron por no generar mayores complicaciones. Si bien se sucedieron en casi todos los días, fueron de carácter limitado y no afectaron el desarrollo de las actividades programadas.

Rio de Janeiro no descansa. Dentro de solo un año la ciudad volverá al centro de la escena planetaria, nada más ni nada menos que como sede de la Copa Mundial de Fútbol Brasil 2014.

* Por Santiago Pérez
Rio de Janeiro, Brasil
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