Desastres naturales y pobreza

Publicado por el 25 noviembre, 2013

Alberto López Herrero

La destrucción que ha producido el tifón Haiyan en Filipinas hace dos semanas nos deja demasiadas preguntas sobre la previsión del desastre, la preparación estructural de las zonas afectadas para soportarlo y también acerca de las actuaciones de emergencia tras la tragedia.

¿Por qué el terremoto de Haití, de 7 grados en la escala de Richter dejó cerca de 250.000 muertos y el de Chile, de 8,8 grados, apenas mil? Es la demostración de que un fenómeno natural amplifica sus efectos en función de los niveles de pobreza de la zona afectada.

No es una casualidad, por tanto, que los desastres naturales afecten siempre en mayor medida a países con grandes niveles de pobreza: el tsunami en el sudeste asiático en 2004, el terremoto en Haití en 2010 y ahora el tifón en Filipinas son una prueba de ello. Cada vez que ocurre un nuevo desastre, ya sea volcán, terremoto, huracán, sequía o tifón, los más vulnerables son los pobres. Sus viviendas quedan arrasadas, tienen dificultades para acceder a servicios básicos y su recuperación resulta imposible por la falta de medios y de ayuda. Sólo las alarmas mediáticas por los efectos devastadores que producen ayudan a superarlos en una mínima parte.

En plena campaña internacional contra la pobreza y su erradicación a través del cumplimiento de los Objetivos del Milenio, todos los esfuerzos en escolarización, alfabetización, acceso al agua potable, a la salud y a la alimentación pueden ser en vano si los desastres naturales siguen golpeando cada vez con mayor frecuencia y dureza a los países más pobres del planeta. Su situación no sólo les impedirá recuperarse sino que empeorarán más todavía.

Esta relación entre los efectos de los desastres naturales y la pobreza es una de las conclusiones del informe La geografía de la pobreza, los desastres y el clima extremo en 2030, realizado en Londres por el Overseas and Development Institute (ODI) y presentado casi de manera profética hace unas semanas. El estudio ha relacionado las proyecciones de niveles de pobreza en los próximos años con el riesgo de sufrir desastres naturales y la capacidad de los distintos países para afrontarlos.

Amanda Lenhardt, una de las investigadoras del proyecto confirma que “al combinar estas proyecciones se han identificado los países del mundo que transmiten mayor preocupación, pues en ellos se va a concentrar la mayor proporción de personas empobrecidas y, por tanto, más vulnerables a los impactos del clima extremo y los desastres que ocurrirán en un futuro cercano si no se adoptan medidas para evitarlo”.

La previsión es que 325 millones de personas en pobreza extrema vivirán en alguno de los 50 países más propensos a sufrir desastres naturales antes de 2030, principalmente en el sur de Asia y en África subsahariana. Es evidente que no se puede predecir el momento, ni casi el fenómeno ni su intensidad, pero según Lenhardt, “sí podemos hacernos una idea, basada en el conocimiento científico y la experiencia, de cuál va a ser su distribución geográfica”.

Los 20 países con mayor número de personas pobres y a la vez mayor riesgo de sufrir un desastre natural unido a una insuficiente capacidad para afrontarlo son Bangladesh, República Democrática del Congo, Etiopía, Kenia, Madagascar, Nepal, Nigeria, Pakistán, Sudán del Sur, Sudán, Uganda, Benín, República Centroafricana, Chad, Gambia, Guinea Bissau, Haití, Liberia, Malí y Corea del Norte.

Una posibilidad de minimizar sus efectos es invertir en prevención, en fortalecer las infraestructuras y en renovar los sistemas de alerta para hacerle frente cuando se produzca, ya que el consumo desmedido de recursos naturales, la deforestación, la sobrepoblación y mala distribución de la población, la falta de acceso al agua potable y la escasez de tierras cultivables también establecen una relación directa entre el cambio climático y el empobrecimiento.

Resulta curioso comprobar que la comunidad internacional está más preparada para la intervención después de las emergencias que en la inversión en los países para minimizar sus daños. Y lo mismo ocurre con los gobiernos de los países afectados, que visitan la zona devastada tras un desastre natural pero demuestran que los planes de respuesta a la catástrofe son improvisados.
(Centro de Colaboraciones Solidarias)

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