En guerra con el Opus Dei de Turquía

Publicado por el 27 diciembre, 2013

Lluís Miquel Hurtado e Ilya U. Topper

Dieciséis funcionarios, empresarios y políticos, entre ellos dos hijos de ministros, arrestados por corrupción; decenas de policías cesados y el jefe policial de Estambul relevado. Es el saldo de una aparente lucha de poder entre el primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, y una influyente cofradía islámica conocida como Hizmet (Servicio), liderada por Fethullah Gülen, un clérigo musulmán exiliado desde 1999 en Pensilvania, Estados Unidos.

Durante años firme aliado del partido islamista AKP, en el poder desde 2002, la red de Gülen se ha ido distanciando del Ejecutivo este verano y aparentemente pasó a la ofensiva la semana pasada, cuando una operación de madrugada acabó con medio centenar de personas en las comisarías. Algunos, como el hijo del ministro de Urbanismo, fueron liberados con cargos después, pero los jueces decretaron prisión preventiva para Kaan Çaglayan, el hijo del ministro de Economía, Zafer Çaglayan, y para Baris Güler, hijo de Muammer Güler, ministro de Interior, así como para el director de banco público Halkbank.

Para Turquía fue un terremoto: “Debe de ser bastante triste para el ministro de Interior enterarse el último de la detención de su hijo”, admitió incluso el viceprimer ministro, Bülent Arinç, en público. Pero la pregunta de cuántas de las sospechas son verdad, y si realmente los acusados solían mover sobornos a cambio de recalificaciones de terreno y subcontratas de construcción – algo que muchos analistas tienen por una práctica bastante extendida – queda eclipsada por otra pregunta: ¿por qué la Judicatura lanza este cañonazo a la línea de flotación del Gobierno, cuando faltan justo tres meses para las elecciones locales?
Acusaciones de conspiración

Toda la prensa está convencida de que policías y fiscales responsables de la operación forman parte de la red de Fethullah Gülen. También se muestra convencido el propio Gobierno que, lejos de entrar en detalles de las acusaciones, ha cargado las tintas contra “conjuras”, “trampas” y “agentes y traidores”, cuyo único fin sería hundir el Ejecutivo y dar al traste con el crecimiento económico de Turquía. Así lo explicó el domingo el propio primer ministro. Gülen, por su parte, negó toda implicación, pero tampoco ahorró munición e incluso pidió la maldición divina para quienes cometan prevaricación.

El gobierno ha cambiado de destino a un centenar largo de jefes de policía, presumiblemente sospechosos de dejarse guiar antes por la “inspiración” del maestro Gülen que por los intereses del Ejecutivo. Pero se ha abstenido de cambiar a los fiscales responsables de la investigación -aunque les ha puesto dos adjuntos que pueden tomar decisiones en caso de estar disponibles los demás- , quizás porque habría resultado demasiado llamativo: la figura principal es Zekeriya Öz, el mismo que dirigió el macrojuicio conocido como Ergenekon, que acabó con el rol del estamento militar turco como poder paralelo a la democracia.

Este verano, los jueces condenaron a cadena perpetua a varios altos mandos del Ejército este verano por conjuras con fines golpistas. La red de fiscales gülenistas era entonces el mejor aliado del Gobierno, que se escudaba en la independencia judicial, mientras numerosos intelectuales críticos con el gobierno pasaron a prisión preventiva.

Uno de ellos fue Ahmet Sik, periodista de investigación. En 2011 pasó un año entre rejas, acusado de conspiración. Le arrestaron mientras ultimaba un libro sobre el grupo de Gülen, en el que asevera que éste lleva décadas afianzándose en puestos clave de las fuerzas de seguridad, del poder judicial y de la burocracia. Hasta convertirse en un ‘Estado a la sombra’. “Los policías y el fiscal que trabajaron en mi detención sabían qué documentos tenía y querían evitar su publicación”, afirma.

Para explicar qué es la red Hizmet, también conocido como Cemaat (comunidad), Ahmet Sik mira a España: “Es un calco del Opus Dei. Lo usaron de modelo organizativo”. ¿Quién? “Fethullah Gülen fue un líder de la Liga Anticomunista de Turquía, una iniciativa de la CIA para usar el islam en su lucha contra el comunismo en Oriente Medio durante la Guerra Fría. Hoy su plan pasa por educar y adoctrinar en sus centros a la nueva burocracia turca”.

La cofradía lleva décadas trabajando en silencio, aunque sin tampoco ocultarse: la influyente Unión de Periodistas y Escritores (GYV) se presenta sin tapujos como organización portavoz del predicador. Pero además son gülenistas numerosos colegios privados, academias de estudio para exámenes y universidades, empresas – desde supermercados a tiendas de ropa – y grandes medios de comunicación, como el diario Zaman.

Su poder es difícil de estimar ya que “no existe una organización formal denominada ‘Movimiento Gülen’, de manera que no se puede cuantificar cuánto dinero ingresa esta red por las academias”, matiza Cemal Usak, vicepresidente de GYV. Cuando se habla de empresas que pertenecen a la red simplemente son propiedad de personas “inspiradas” por el maestro. “No existe una tarjeta de miembro”.

Pero sí hay organización. Fulya y Ahmet (nombres ficticios) son familiares de jóvenes que han entrado en contacto con el Hizmet. “Llevaron a mi hermano a un piso-residencia. Allí organizaban rezos en los que un notable, al que llaman Abla o Abi (hermana o hermano) dirigía las oraciones”, subraya Fulya. Ahmet destaca que en estos sitios se les exacerba la figura de Fethullah Gülen: “Lo presentan como una gran figura religiosa”.

Esta estructura se reproduce en la Policía según cuenta Sik en Pusu (Emboscada), su último libro. Los agentes se organizarían furtivamente en grupos liderados por alguien no policía, denominado imán. En Pusu, el periodista publica unas tablas que llegaron a su poder en las que figuran todo tipo de datos de uniformados del cuerpo, incluidos detalles privados y anotaciones sobre su receptividad a la influencia del Hizmet. “Una organización civil no debería ser secreta ni involucrarse en la Policía o el Ejército”, razona Ahmet Sik.
Las academias de la discordia

Uno de los pilares del poder de la Cemaat son las academias de preparación para la universidad, llamadas dershane: alrededor de un 25 por ciento de estos centros está en manos de gülenistas, estima Cemal Usak. Según cuenta Fulya, la cofradía las usa como lugares de adoctrinamiento y captación de miembros, extremo que Usak niega: “No se dan clases de religión en las dershane: está prohibido por ley enseñar religión fuera de los colegios públicos”. Y si los alumnos mantienen buenas relaciones con los profesores una vez que han conseguido su objetivo de entrar en la universidad, simplemente es algo natural, asevera.

¿Qué ofrecen las dershane gülenistas que las convierten en más atractivas? Horas extra gratuitas, dado que muchos profesores alargan su jornada de trabajo de forma voluntaria, señala Usak. Una familia pobre puede así pagar una tarifa reducida pero garantizar muchas horas de estudio a su hijo. Y las academias son necesarias mientras el examen de acceso a la universidad sea de tipo ‘test’, con preguntas para las que es necesario memorizar una enorme cantidad de información que no se asimila en el colegio. Casi todos los universitarios turcos han pasado por una dershane, a menudo desde Secundaria. Pero no se aprende nada: únicamente se estudia como énfrentarse al examen, coinciden varias estudiantes consultadas.

La decisión del Gobierno, anunciada en noviembre pasado, de prohibir los dershane o convertirlos en colegios privados, cayó como una bomba en la Cemaat: significaba privar a la red de un sustento económico esencial. Diarios hasta entonces progubernamentales como Zaman dedicaban todas sus noticias de portada al conflicto, lanzando duras acusaciones contra el Ejecutivo. Se evidenciaba una lucha de poder en toda regla.

¿Cuál es la diferencia esencial entre el AKP y Gülen? La pregunta así está mal planteada, dado que figuras importantes del partido se sienten cercanas al maestro de Pensilvania. Ideológicamente, sus diferencias son de matiz, quizás sólo de táctica: Gülen prefiere en todo caso una avance más cauteloso, siempre manteniendo una imagen de perfecta tolerancia y respeto al laicismo, mientras que Erdogan en los últimos años se ha lanzado a una islamización galopante de la sociedad, sin ocultar su deseo de “educar una generación piadosa”.

Pero también en el programa oficial de los gülenistas, tal y como lo presenta Murat Aksit vicesecretario de la GYV, destaca la intención de penalizar todo tipo de blasfemia o “insulto a la religión” en Turquía. La coincidencia de objetivos explica que durante la última década, AKP y Hizmet hayan sido excelentes aliados, con una estrategia compartida de combatir al nacionalismo laico, su enemigo común.

El primer choque obvio vino en febrero de 2012, con la decisión de un fiscal de llamar a declarar a Hakan Fidan, jefe de los servicios secretos y hombre de confianza de Erdogan, por negociar con la guerrilla kurda, el PKK. El incidente fue achacado al Hizmet. Pero quizás fuera la postura inflexible de Erdogan durante las protestas de Gezi, poco apropiado para un líder político de nivel mundial, lo que causó un mayor distanciamento entre Gülen y su otrora aliado. Figuras del Ejecutivo más cercanas a la Cemaat, como el presidente Abdullah Gül o el viceprimer ministro Bülent Arinç, se atrevieron a discrepar cautelosamente del todopoderoso primer ministro.
Oposición sin opciones

La guerra de los dershane evidenció la ruptura y el escándalo de corrupción certificó la intención de los dos adversarios a jugarse la banca. Algunos analistas creen que ambos bandos tienen cantidades de trapos sucios y que una guerra sin cuartel, como se anuncia ahora, se asemejará a la doctrina de la guerra fría nuclear, con una destrucción mutua asegurada.

Otra pregunta es si la oposición laica se beneficiará de los despojos. El problema es, opina Bekir Agirdir, jefe del instituto de sondeos Konda, que “el AKP no tiene rival”. Los demás partidos – el socialdemócrata y laico CHP, el ultranacionalista MHP y el laico e izquierdista BDP, prokurdo – están demasiado alejados ideológicamente. No hay oscilación de voto, de manera que un enorme golpe de imagen al AKP, como ya supusieron las protestas de Gezi, apenas se reflejará en las urnas, explica Agirdir.

El único cambio que puede suponer la erosión del AKP mediante peleas como la de los dershane, cree Agirdir – entrevistado semanas antes del escándalo de corrupción – es una modificación del rumbo del propio partido. “Al estar limitados los diputados a tres legislaturas consecutivas, por norma interna, el AKP debe renovar gran parte de sus candidatos para las elecciones generales de 2015″, recuerda el experto. “¿Serán también islamistas radicales, como los que ahora forman la mayor parte de los altos cargos?”, pregunta. “Ahí, el Hizmet puede tal vez influir e imponer una alianza de mayor envergadura, aunque no sabemos cómo”. Tal vez la pelea de Gülen contra un primer ministro que derrapa demasiado a menudo sea simplemente ésta: sustituir el jefe del partido, cambiar todo para que nada cambie.
(Mediterráneo Sur/Rebelión)
Fuente: http://msur.es/2013/12/24/turquia-guerra-opus/

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