Italia: La revuelta de las horcas

Publicado por el 15 Diciembre, 2013

Franca Giacopini

El nombre sugiere rabia y hambre, y da mucho respeto. Dura ya desde hace cuatro días en los que ha habido manifestaciones, bloqueos de carreteras, trenes, metros y cierres de establecimientos en ciudades como Turín, Génova, Florencia, Roma o Palermo, pero los grandes medios, ocupados como están con lo de Ucrania, le han dedicado poco espacio a un fenómeno que el director de la Agencia de información y seguridad interna de los Servicios secretos italianos define como “un movimiento sin una dirección única que presenta una preocupante unión entre distintos componentes animados por un sentimiento de contraposición hacia el Estado y las instituciones”, mientras, por su parte, el ministro del Interior, en una intervención en el Parlamento, lo describe como “una corriente rebelde contra instituciones nacionales y europeas a las que no les falta apoyo de organizaciones antagonistas”.

El perfil de los participantes en la revuelta se va trazando ya en las crónicas de los incidentes del pasado lunes día 9. “Aristócratas en Jaguar y agricultores. Empresarios y obreros parados. Camioneros ahogados por las multas de Equitalia y nuevos ideólogos del fascismo o jóvenes de centros sociales de izquierda. Simpatizantes de la Liga Norte y de Grillo. Ex simpatizantes de Grillo y ex simpatizantes de la Liga. Ex simpatizantes del Partido Democrático y críticos de  Matteo Renzi [reciente ganador de las elecciones primarias del PD]. Sindicalistas de base o ex sindicalistas de la CGIL. Objetores de Hacienda e independentistas vénetos. Inmigrantes y ultras de equipos de fútbol […] Un magma volcánico”.

Afinando más, el sociólogo Marco Revelli desbroza el paisaje de la protesta de lugares comunes y extrae el común denominador que hace que estalle este volcán social: la clase media empobrecida que ya “no puede más”, ha llegado al límite, y lo único que quiere es que “se vayan todos a casa”. Es cierto que hay escuadrones violentos que han amenazado a un librero de Savona con quemarle los libros, que hay quien enseña su brazo tatuado con el rostro de Mussolini Dux, y que se oyen en los reportajes de televisión participantes en las protestas que profieren vivas a la mafia o la camorra, a sus ojos más honestas que la casta política, que sería la verdadera mafia. Lo reconocen los propios organizadores del Movimiento de las horcas [I forconi], que avisan a los políticos de que son incapaces de controlar a la gente, y que el tiempo apremia, si no quieren ver una nueva marcha sobre Roma de cuyas consecuencias no responden.También está claro que hay quien tiene intereses en atizar la revuelta, como Berlusconi, cuyo periódico de familia, Il Giornale, titula: “Los italianos empuñan las horcas”.

Asusta de verdad este nuevo pueblo, y el presidente del Consejo de Ministros, Enrico Letta, tuita ayer por la mañana: “Había prometido en abril abolición financiación pública partidos antes fin de año. Lo confirmé el miércoles. Hoy en el consejo de ministros mantenemos la promesa”. La Casta trata de aplacar una rabia, ya desatada en las redes sociales y las calles. Los estudiantes de las universidades se movilizan y ya ocupan la Facultad de Ciencias Políticas de La Sapienza en Roma. Se contagia el arranque de rabia y se anuncia no una marcha, pero sí una “vigilancia” de Roma para el próximo miércoles. Lo nuevo de este caos es que la crisis ha creado una nueva clase social que carece de representación política. El único signo de identidad, la bandera italiana, ser ITALIANOS, en mayúsculas, como escriben en sus octavillas. Poco es necesario en este contexto para que cuajen discursos xenófobos. Nada de banderas rojas. A un señor comunista que se presenta con su bandera roja, lo apartan en Teramo diciéndole: “Somos apartidistas”. ¿Qué hacer? ¿Ensuciarse las manos en estas protestas o dejar que la derecha social se haga con todo el tejido social más tocado por la crisis?

Es un hecho: la crisis, la guerra del euro, como antaño la Gran Guerra, ha parido en Europa una nueva clase social que busca iracunda un nuevo orden

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