El peor de los jueces

Publicado por el 10 marzo, 2014

Manuel E. Yepe

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos estaba en condiciones materiales superiores al resto de las naciones y tuvo la posibilidad de encabezar un mundo de paz y justicia, globalizado y solidario. Pero desmedidas ambiciones hegemónicas le hicieron desperdiciar la oportunidad de alcanzar esta utopía para sí y para los demás países.
Washington pretendió dominar al mundo con su monopolio del arma atómica y, basándose en esa supuesta ventaja, desató una carrera armamentista que aún tiene al planeta sentado sobre ojivas nucleares. Al término de la Guerra Fría, Estados Unidos nuevamente quedó en una posición tal que si en vez de pretender el dominio total del planeta hubiera propiciado la creación de un sistema democrático y justo de relaciones  internacionales, podría haber compensado ante la historia su enorme deuda moral por los  crímenes de su tenebrosa política imperialista desde los años finales del Siglo XIX.
Modeló un orden internacional injusto y desigual, a base de imposiciones y atropellos, que ya no puede sostenerse sino por la fuerza de las armas y -como en el terreno militar es la cabeza del mundo- se dedica a promover guerras preventivas, ocupaciones de países, bombardeos selectivos, desestabilización de gobiernos y asesinatos extrajudiciales y otras fechorías.
Pero quizás el daño más grave infringido a la humanidad por Estados Unidos ha sido la extensión e impunidad con que practica la mentira y la doble moral en aras de sus propósitos hegemónicos  de dominación mundial.
Un gigantesco aparato mundial para la manipulación de los medios de comunicación que incluye las grandes corporaciones multinacionales de agencias de prensa y televisivas ha impuesto la aceptación por la opinión pública mundial del “punto de vista de Estados Unidos” mientras esconden o minimizan los desafueros de superpotencia única en todo el planeta.
Con tan formidables recursos de desinformación, Washington pregona al mundo sus bonanzas, libertades, igualdades y simulados sentimientos humanitarios, y se yergue en custodio y juez  e los derechos civiles y políticos de los ciudadanos en los países del Tercer Mundo, mientras los pisotea cruelmente en su propio país y muy especialmente en los países contra los cuales libra sus guerras para robarles los recursos naturales.
El desprestigio de su diplomacia, incapaz de ganar batallas por sí misma, le lleva a recurrir a las cañoneras, las amenazas, los bloqueos y otros recursos de fuerza para el logro de los propósitos de su política exterior. Y para ello entran igualmente en juego sus medios de desinformación y mentiras, capaces de demonizar a escala mundial a un país o a un gobierno en pocos días, a fin de justificar sus acciones. Estos mismos medios, a su vez, sirven para encubrir, minimizar o desviar la atención de la opinión pública de los aspectos más reprochables de las acciones de la superpotencia.
Son esos mismos medios al servicio de la desinformación los que ocultan la inconsistencia de su situación financiera, con la mayor deuda externa e interna del mundo; déficit fiscales y de cuentas corrientes, que alcanzan niveles récord y una moneda cada vez más endeble y dependiente de la voluntad de otros países tenedores de sus valores, circunstancialmente interesados en mantenerla a flote.

Obviamente, ya Washington no puede imponer sus decisiones como hace seis décadas.
Se difunden a escala global los enfoques que hablan de la superioridad de la economía estadounidense y solo publicaciones muy especializadas y de limitada circulación formulan valoraciones que demuestran la irracionalidad de su economía, cada vez menos productiva y más caracterizada por recortes presupuestarios para la prestación de servicios sociales, en beneficio de las asignaciones destinadas a la guerra.
La extensión de la pobreza y la limitación de los gastos sociales en beneficio del presupuesto militar ha deteriorado sus indicadores de calidad de vida de manera tal que ya el modo de vida americano no constituye modelo ni objetivo que promueva tanta sumisión o adeptos como en el pasado.
La sistemática manipulación en beneficio de los intereses del complejo militar-industrial de que son objeto los sistemas judicial, penitenciario y político en Estados Unidos, contrasta con  la presunción de objetividad con que sus representantes pretenden que se les reconozca como enjuiciadores del respeto a estos derechos en todo el mundo.
Y si, además de todo esto se conoce que desde 1976 hasta hoy, ha habido en Estados Unidos más de 75 condenados a muerte cuya inocencia ha sido posteriormente demostrada, ¿qué confianza puede tener la humanidad en la capacidad del gobierno de Estados Unidos para  juzgar sistemas judiciales, penitenciarios y policiales de otros países?
Marzo 8 de 2014.

 

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