Al revés

Publicado por el 6 mayo, 2014

David Brooks

A veces parece que todo está al revés. Durante los últimos días han surgido una serie de ejemplos que hacen pensar que el observador está de cabeza, o las cosas que observa son lo opuesto de lo que dicen ser.

El país que se proclama como el faro de la libertad mundial tiene la mayor población encarcelada en el planeta: 2.2 millones de reos. Estados Unidos tiene menos de 5 por ciento de la población mundial, pero casi 25 por ciento de la población encarcelada del mundo. Esta semana, un informe del Consejo Nacional de Investigaciones, grupo científico de élite de la Academia Nacional de Ciencias, reportó que casi uno de cada 100 adultos en el país está en prisión, tasa de 5 a 10 veces más alta que las de Europa y otras democracias. De los encarcelados, 60 por ciento son afroestadunidenses o latinos. El informe señala que la explosión en población encarcelada es en parte resultado de la llamada guerra contra las drogas durante los últimos 40 años

El país que se considera ejemplo de democracia –o sea, de un gobierno electo y que gobierna en nombre del pueblo– una vez más mostró que el pueblo tiene muy poca influencia sobre sus representantes. A pesar de que la opinión pública está abrumadoramente a favor de un incremento del salario mínimo (en algunos sondeos más de 75 por ciento lo apoya), el Senado, del que más de la mitad de integrantes son millonarios, derrotó esa medida. No fue inusual, ya que recientemente, al analizar sondeos de opinión pública y compararlos con la toma de decisiones políticas en los últimos 30 años, investigadores comprobaron que los intereses de los más ricos casi siempre prevalecen sobre la voluntad e influencia de las mayorías.

En el país que se proclama campeón del mundo civilizado, el Estado sigue asesinando legalmente a reos, incluso en violación al derecho internacional en el caso de varios mexicanos y otros extranjeros. La semana pasada el mundo fue testigo de una barbaridad sobre otra en Oklahoma: no sólo se trató de una ejecución, sino de algo que fue más una muerte por tortura, por fallas al ejecutar a un reo, en el intento por matarlo humanamente, acto que el alto comisionado de derechos humanos de la Organización de Naciones Unidas condenó como probable castigo cruel, inhumano y degradante. En Estados Unidos se han realizado mil 379 ejecuciones desde 1976, y esta fue la número 20 este año. Más allá de la brutalidad, entre 1973 y hoy día, 144 reos que esperaban en las filas de la muerte han sido exculpados (no hay cifras sobre cuántos ejecutados eran inocentes y habían sido víctimas de procesos fallidos), y se calcula que más de 4 por ciento de los que están en espera de ejecución podrían haber sido condenados erróneamente.

Con su autoelogio de ser un país en el cual la justicia impera para todos, en Nueva York está por concluir uno de los últimos juicios relacionados con participantes del movimiento Ocupa Wall Street. Cecily McMillan, estudiante de la Universidad New School, firme promotora de la acción no violenta, está acusada de golpear a un policía debajo del ojo cuando éste intentó arrestarla, acusación que implica una condena potencial hasta de siete años de cárcel. Ella afirma que el policía la agarró por atrás y le lastimó los pechos, y que ella no sabía que el agresor era un oficial cuando le dio un codazo como reacción espontánea de defensa. No importa que el policía haya sido acusado anteriormente de uso excesivo de fuerza, ni que McMillan no tenga antecedentes penales, ni que la policía empleó tácticas de agresión física múltiples veces contra los Ocupa. Como suele suceder, los que denuncian o son víctimas de la injusticia aquí se encuentran en el banquillo de los acusados.

Mientras tanto, como señala el periodista Matt Taibbi en su nuevo libro sobre la aplicación de la justicia en la época de la mayor brecha de riqueza en un siglo, los más ricos se han vuelto intocables por la justicia, mientras se aplica de manera cada vez más agresiva contra disidentes y delincuentes pobres. Subraya, como otros, que ningún ejecutivo de los bancos más grandes, responsables de un fraude masivo que detonó la peor crisis financiera desde la gran depresión, ha sido encarcelado por un hecho que ha impactado a millones de ciudadanos.

En lo que el presidente Barack Obama proclamó desde sus primeros días como el gobierno más transparente de la historia, el director de inteligencia nacional, James Clapper, ha ordenado a todo empleado en el sector de inteligencia y seguridad nacional no tener contacto ni comentar nada con ningún periodista. Por otro lado, la Casa Blanca logró, con sus aliados en el Senado, anular una medida que hubiera obligado a Obama a reportar al público el número de personas muertas o heridas por sus operaciones de uso de fuerza letal, como drones, en Pakistán y otros países.

El primero de mayo, Día del Trabajo en casi todo el mundo menos aquí, país donde se originó con la lucha sindical de los mártires de Chicago por la jornada de ocho horas, a finales del siglo XIX, fecha que en años recientes ha sido resucitada por inmigrantes en lucha por sus derechos básicos, fue oficialmente cambiado a algo que no tiene nada que ver con sus orígenes. El presidente Obama, quien considera Chicago su ciudad de origen, y quien como organizador comunitario seguramente conoce la referencia histórica de ese día –justo el mismo día que inmigrantes y sindicatos se movilizaban por el país en demanda de derechos laborales y civiles–, emitió un decreto para designar el primero de mayo Día de la Lealtad, fecha en la cual renovamos nuestras convicciones y principios de libertad, igualdad y justicia, de acuerdo con la ley y llamó a que todos celebren este día desplegando la bandera estadunidense o jurando lealtad a la república.

A veces es como esas salas de espejos que distorsionan todo e incluso logran invertir el reflejo hasta que todo queda al revés.
(La Jornada/Rebelión)
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2014/05/05/opinion/021o1mun

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